"La tierra es de quien la trabaja" Emiliano Zapata.

"Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte; y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo. Otros nos seguirán" A.C Sandino.

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domingo, 11 de septiembre de 2011

Gritándole se fue

Arráncame las piernas y déjame correr con las manos, mientras grito de odio y amando hacerte daño, sin piernas recorreré el universo de tu cuerpo y sin necesitar de mis ojos veré dentro de vos, acompañado por el ruido de tus palabras, me destrozaré las rodillas rogándote que te callés, sangrando pintaré tu cara con dolor y sin decirte nada me oirás.
Las manos ya no me sirven para nada, llévatelas pegadas a tus pechos pues ya no los tengo conmigo, para qué seguir escribiendo si tus ojos se ausentan, es mejor que calles y te alejes tanto que ni tu olor pueda sentir entre la nauseabunda basura que dejaste, fétido es tu recuerdo entre la maleza de mis pensamientos, así que ponte perfume mientras caminas.
Y ahora que no estás puedo seguir gritando, pero ya no tu nombre, sino que grito de puro gusto, grito porque ya no estás aquí jodiendome la vida, ahora puedo arrastrarme con felicidad, y sentir el viento en mi cabeza, aunque me falte el cabello, no importa pues ahora puedo vivir sin vos, ahora que yo vivo aquí sola sin estar soportándote, a la mierda.
http://www.drgen.com.ar/wp-content/uploads/2009/10/cancer-mama.jpg
Néstor A. Arce A.


martes, 19 de octubre de 2010

Melocotones

Cuando uno es pequeño realiza acciones “graciosas”, pero cuando crecemos y las recordamos, pensamos en “¿cómo lo pudimos hacer?”.

A los 16 años de edad, no tan pequeño, pero con la infancia aún en hombros, mis amigos de secundaria y yo, jugábamos en el patio del colegio, cuando llegaba la hora del recreo todos salíamos y dejábamos nuestras mochilas adentro del aula, en el patio había un árbol de melocotón, verde, frondoso y cargado de frutas amarillas, las que ya estaban maduras, y las que aún no lo estaban, eran de color verde. El árbol nos servía de diversión, jugábamos debajo de él y también comíamos de su ácida fruta.

Un día de tantos, mi mochila quedó dentro del aula y uno de mis amigos, el más bromista, cogió mi bolso y fue hasta el árbol de melocotón y lo lleno, dentro de la mochila había como 25 frutas de este árbol.

Luego, cuando terminó el receso y volvimos al aula de clases, yo agarré mi bolso y lo sentía demasiado pesado, como para solo andar tres cuadernos y un libro, abrí la mochila y vi lo que había dentro, tomé las frutas y se las lancé a mis amigos que estaban conmigo, iniciamos hacer “el relajo”, sin darnos cuenta que el profesor de Física, un señor bajito, delgado, de piel morena y de contextura débil, ya estaba escribiendo en la pizarra.

Uno de mis amigos, cogió un melocotón del suelo y lo tiro hacia delante donde se encontraba el profesor, sin calcular el tiro, mi amigo golpeó al profesor en la nuca. Todos pálidos y nerviosos nos quedamos viendo, mientras el profesor se sobaba donde le dolía.

El aula guardaba silencio, mientras los 8 muchachos que jugaban con los melocotones eran escoltados por el profesor hacia la oficina de la directora.